¿ABORTO ENTRE NOSOTROS?

 


Como pueblo de Dios nos vemos enfrentados a realidades que parecen no pertenecer al devenir de la Iglesia. Pero es verdad que el pecado arrecia de tantas formas y una de esas es precisamente la realidad del aborto en medio del cuerpo de Cristo.

Aparentemente entendemos que el aborto es pecado, que significa la muerte de un inocente sin la posibilidad de defenderse del ser que le concibió. Pero no todos los cristianos tienen claridad de este hecho y en nuestro entendimiento afectado por la caída, podemos contemplarlo como una posibilidad para evitar afectar la propia vida o la vida de nuestros hijos o familiares que se hallen en una situación de embarazo no deseado.

¿De dónde puede derivar este torcimiento?

De programaciones mentales como:

“Es solo un puñado de células”

“¿No siente dolor aún, porque he de preocuparme?”

“Tendré otro tiempo para ser madre” y seguro todo saldrá mejor esa vez”

“Recibirá una reprimenda en la Iglesia, no quiero pasar por esa vergüenza”

“Si los hermanos supieran que me hija está embarazada, se arruinará nuestro testimonio como familia”

El pecado que lleva a un embarazo no planeado en el caso de la fornicación tendrá consecuencias, pero la llegada de un bebé no puede verse como un castigo a nuestro accionar pecaminoso. Un bebé es planeado por Dios y como rey soberano Él determina y actúa conforme a Su perfecta voluntad en nuestra vida.

No podemos permitir que el adoctrinamiento progresista con respecto a la vida inunde nuestras mentes, con ideas que no provienen de la santa Palabra de Dios, las cuales llevan a despreciar la vida del no nacido, como un objeto al que se puede extinguir a causa de nuestros deseos. Como hijos de Dios estamos expuestos a esta influencia; por eso es tan necesario permanecer en el regazo de nuestro Padre y hacer uso de los medios de gracia que él nos ha dado, para detener los dardos de fuego del maligno.

La agenda progresista se ha venido instaurado hace bastante tiempo, a través de las cátedras escolares y universitarias, los medios de comunicación, así como en “el voz a voz”, que se convierten en canales imperceptibles, pero que van dejando una huella profunda en los corazones de las generaciones presentes. Vemos como en una misma familia hay posturas tan distintas frente a un tema, los padres cristianos que se ven enfrentados a sus hijos en asuntos políticos como es la legalización del aborto. Lamentablemente las ideologías progresistas han corrompido el entendimiento de los jóvenes y les han desviado de abrazar las verdades contenidas en las Escrituras. Es tanta la información que reciben de forma constante, que la instrucción bíblica llega a ser escasa y más, si los padres no se han comprometido desde que son pequeños a enseñarles a sopesar las ideas que les venden con tanta pasión, a la luz de la palabra de Dios.

Hemos llegado a un punto en que tenemos que defender lo correcto como un acto heroíco.

La propaganda abortista adoctrina desde lo material sobre lo humano, desde la aparición de la pastilla “post day” o “del día después”, hasta la más nociva de sus creaciones eugenésicas conocida como misoprostol (los daños que pueda causar son innumerables). Convertir el acto de abortar en un derecho femenino, fue la máxima entrega de su cometido destructivo. Falacias tan terribles contenidas en uno de los eslóganes más conocidos del feminismo radical: “Mi cuerpo, mi decisión”, han venido ganando terreno en las mentes de las mujeres jóvenes.

La deformación de la idea original de Dios en cuanto a la mujer, a su diseño y su rol en la familia, así como una falta de educación sexual adecuada, basada en los principios inamovibles de la Palabra de Dios, se convierten en el escenario perfecto para que las ideas feministas calen profundamente. Han hecho el trabajo con gran dedicación, han invertido tiempo, se han inmiscuido en todos los terrenos posibles de conocimiento y han impregnado la cultural para naturalizar un hecho tan horrendo, como es el aborto.

La batalla es ardua por el corazón de los más vulnerables, no les hagamos fácil su tarea, estorbemos con la Verdad su objetivo de establecer una cultura de la muerte.

Eduquemos a nuestros hijos con un alto sentido y valor por la vida para que puedan ser luz en medio de una generación narcisista, para que respeten sus propios cuerpos y los ajenos, así como instruirlos en la preservación de los valores de la castidad y santidad, que nos diferencian de los incrédulos.